El turco digital

 

No sé cuantos de ustedes solían recibir esas peculiares visitas en casa de aquellas amables personas, sin saber –inclusive- como y cuando fue la primera vez que comenzamos a escuchar de ellos y de su oficio. Luego de un cafecito y de una charlita cordial, aquellos personajes abrían una o dos voluminosas maletas y comenzaban a mostrar cualquier cantidad de prendas de vestir, zapatos, perfumes y cuanto accesorio minúsculo cabía en aquellos fieles contenedores. El ritual solía extenderse sin apuros, y de la misma forma, la facilidad con que nos apropiábamos de la mercancía era notoria, todo gracias al bálsamo de la conversación y de las facilidades de pago. Había un “turco” en la casa.

¿Qué nos enganchaba a estos personajes?, veamos: la mercancía se podía conseguir en otras tiendas, no hay duda, con mejores opciones y mayor amplitud e iluminación en los  espacios de los probadores. ¿Era acaso la facilidad de pago?, tampoco. Se podría haber cancelado todo con tarjetas de crédito y ajustarse a los pagos mensuales (aún con sobreprecio e intereses). ¿Nos gustaba ese ritual? ¿O acaso nos sentíamos cómodos con la conversación y la interacción humana?

Hay de parte y parte. Si bien la intención de adquirir un producto estaba ya latente en nosotros,  como una necesidad o simple deseo, un “turco” (o turca) sabía detectarlo y hacerlo parte de su negocio. Estos personajes han ejercitado el arte de las ventas bajo una directiva no menos importante: el casi perfecto conocimiento de las necesidades y deseos del cliente, sumados a un muy fino y elaborado arte de la conversación amena. Poco a poco, las maletas iban quedando vacías y nosotros felizmente anotados en fieles libretas de apuntes: “Canceló tanto, resta cuanto”. Sin escapatoria, quedábamos endeudados a gusto y en la comodidad de nuestra propia casa.

Hace poco, conversaba con una muy querida y pragmática recién graduada de la medicina. Le comenté que había tenido experiencias bien útiles en mi entrenamiento como Community Manager y, agregaba también, que no era tan fácil como pensaba, pues todo lo que vale la pena, requiere de esfuerzo y de una diligente dedicación, que muchas veces de mi parte, brilla por su ausencia.

A todo esto, y haciendo uso de una lógica que ni en sueños podré dominar en este plano físico, me la cantó muy fácil: “Ay, eso del community manager eso es como ser un turco digital”. Casi pude sentir una sana envidia por su desempeño cognitivo y su capacidad de síntesis.

¡Eureka!, -pensé-, no por la comparación (que surgió en otra mente), sino por el tema para esta entrada de blog.

Una interacción humana sensible, honesta y cálida es un componente determinante para el buen desempeño de un community manager, aunado a un profundo conocimiento de las necesidades y deseos de la marca.  Tengan eso en cuenta. Los clientes saben y detectan –sin necesidad de herramientas- cuando una gestión ha sido fríamente automatizada y robotizada. Si lo dudas, pregúntale a tus #métricas luego.

Lo bueno cuesta.

Alejandro y Mariángela.